El Festival del Chamamé: Debate abierto

Como ocurre cada año, el armado de la grilla del Festival Nacional del Chamamé volvió a generar debate público y disconformidad entre los artistas. A la discusión por quiénes quedan afuera se suma una polémica más profunda: la presencia de músicos ajenos al género, el uso del presupuesto y el lugar que ocupan los artistas del interior, entre ellos los de Curuzú Cuatiá.

El Festival Nacional del Chamamé no solo es uno de los eventos culturales más importantes de Corrientes, también es, año tras año, un espacio donde se exponen tensiones que atraviesan a la música, la cultura y la política. La edición de este año no fue la excepción.

La polémica se reactivó a partir del armado de la grilla, especialmente por la presencia de artistas consagrados en otros rubros como la cumbia, el pop latino o el folklore, pero que no pertenecen estrictamente al universo chamamecero. El debate no gira únicamente en torno a su participación, sino también al costo que implica su contratación, en un contexto donde desde el propio organismo cultural se reconoció públicamente la falta de presupuesto para cerrar acuerdos con músicos y grupos chamameceros de trayectoria.

En ese marco, algunos artistas históricos manifestaron su disconformidad por haber quedado fuera del escenario mayor, señalando que durante años los acuerdos fueron posibles y que la actual situación no responde a una sola decisión política, sino a una cadena de responsabilidades que se diluye en los niveles intermedios de gestión cultural.

Desde el área de Cultura, en tanto, se planteó la necesidad de avanzar hacia una transición generacional natural dentro del festival. Sin embargo, para muchos músicos y seguidores del género, esa transición no se refleja claramente en el escenario, donde perciben una mayor presencia de artistas que no representan al chamamé como expresión identitaria central.

La discusión tomó fuerza en redes sociales y foros culturales, donde músicos del interior profundo hicieron oír su malestar. Curuzú Cuatiá no quedó al margen: con una participación reducida de artistas locales en la grilla, el reclamo se expresó tanto en tono irónico como con dureza, apuntando no solo al poder cultural provincial, sino también a las autoridades locales, a quienes algunos acusan de no defender ni visibilizar a los músicos de la ciudad.

Al mismo tiempo, el debate expone una tensión que no es nueva. Para formar parte del escenario mayor, los artistas deben mantenerse activos, producir material nuevo y sostener presencia en la consideración pública. La exigencia apunta a evitar que el género se estanque, promoviendo nuevas generaciones y nuevas composiciones que dialoguen con el presente sin perder la raíz.

El riesgo, advierten algunos, es que el chamamé quede reducido a un patrimonio que se conserva más por obligación institucional que por transmisión viva entre generaciones. La declaración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, celebrada por muchos, también funciona como una señal de alerta: cuando una expresión cultural necesita ser protegida desde afuera, es porque su reproducción natural dentro del pueblo comienza a debilitarse.

Entre la defensa de los históricos, la necesidad de renovación, las decisiones presupuestarias y el peso de la política cultural, el Festival del Chamamé vuelve a mostrar que el escenario no es solo un lugar para la música, sino también un espejo de las discusiones pendientes sobre identidad, representación y futuro cultural en Corrientes.

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