Mientras la pelota intenta seguir rodando, cada vez son más los dirigentes, entrenadores, familias y simpatizantes que se preguntan si el sistema actual todavía es sostenible para los clubes que sostienen la base del deporte local.
En la previa de una nueva temporada organizada por la Liga General Belgrano, comenzó a instalarse con fuerza una preocupación concreta: los altos costos de participación en las distintas categorías y, especialmente, en Primera División. En ese contexto, ya se comenta que algunos equipos podrían no participar o reducir su presencia competitiva. Entre los nombres que trascendieron aparecen instituciones históricas como San Lorenzo y Centenario, lo que encendió aún más la alarma.
Detrás del problema hay una estructura económica que muchos consideran cada vez más pesada para instituciones que, en la mayoría de los casos, sobreviven con rifas, ventas de comidas, aportes mínimos y el esfuerzo diario de dirigentes que trabajan ad honorem. Arbitrajes, ambulancia, presencia policial, seguros, gastos administrativos y alquiler de campos de juego forman parte de una lista que golpea fuerte cada fin de semana.
Según estimaciones que circulan en el ambiente, una jornada de Primera División podría superar ampliamente los quinientos mil pesos por partido. Para clubes barriales o entidades sin ingresos fijos, esa cifra resulta difícil de absorber sin poner en riesgo otras áreas más sensibles.
Y allí aparece otra discusión todavía más profunda: mientras cuesta sostener la competencia oficial, muchos clubes hacen enormes esfuerzos para mantener abiertas las categorías infantiles y juveniles, que en realidad representan una función social mucho más amplia que la deportiva. Para cientos de chicos, el club no es solo fútbol. Es contención, pertenencia, disciplina, merienda después del entrenamiento y una alternativa concreta frente a la calle, el abandono o consumos problemáticos.
No todos reciben asistencia estatal ni programas alimentarios. Algunos aseguran que ayudas que antes llegaban hoy se redujeron o directamente desaparecieron. Sin embargo, siguen abriendo sus puertas cada semana.
En ese escenario, la Liga anunció que se haría cargo de los costos de Séptima División y de un partido de Quinta. Pero el mensaje no terminó de quedar claro: no se sabe si se trata de una fecha puntual, de algunos encuentros o de todo el torneo. La falta de precisiones también alimenta incertidumbre.
El debate no termina ahí. Otra pregunta que circula con fuerza apunta al cobro de los clubes que ofician de local en sus estadios, incluso cuando reciben a rivales con serios problemas económicos. ¿Es razonable trasladar esos costos entre instituciones que comparten la misma crisis? ¿Se trata de una necesidad genuina o de una práctica que profundiza desigualdades?
También surgen cuestionamientos sobre por qué algunos escenarios no son habilitados pese a haberse ofrecido, según versiones del ambiente, incluso de manera gratuita para aliviar gastos de terceros. Allí asoma una mezcla de intereses deportivos, políticos y decisiones administrativas que muchos consideran parte del problema.
Mientras tanto, los clubes con menos recursos sienten que cada año compiten en inferioridad de condiciones. Cuando no pueden participar, pierden visibilidad, ingresos y jugadores. Entonces aparecen los pases, préstamos o migraciones hacia entidades más fuertes, generando una concentración de talentos que termina debilitando aún más a los barrios.
La discusión de fondo ya no es solamente cuánto cuesta jugar. La verdadera pregunta es qué modelo de fútbol quiere Curuzú Cuatiá. Uno pensado para unos pocos con capacidad económica, o uno abierto, competitivo y con función social real.
También queda por ver si, en estas condiciones, la Liga podrá sostener en el tiempo los requisitos organizativos y estructurales que exigen torneos provinciales y federales.
Por ahora no hay respuestas definitivas. Lo que sí existe es una sensación cada vez más extendida: si no aparecen acuerdos, transparencia y una salida colectiva, el fútbol amateur local corre el riesgo de seguir perdiendo clubes, categorías y su esencia más valiosa. Porque cuando un club cierra una puerta, muchas veces se abre una esquina.